CORAZÓN DE PALOMA
Una amiga me habla con maravillado asombro de la afición insólita de su
perro a las migas de pan. Va con él al parque y, cuando la viejecita de turno
arroja el pan entre las palomas, el perro irrumpe en la idílica escena y en un
abrir y cerrar de ojos las espanta a todas y se come las migas. Lo hace con una
extraordinaria pericia, de forma que cuando la anciana quiere reaccionar, y
levanta amenazante su bastón para defender a sus protegidas, el perro ya ha
satisfecho su glotonería y se dirige feliz hacia mi amiga, que, a esas alturas,
ha corrido a esconderse avergonzada detrás del seto que tiene más a mano. No
hay perro entonces más alegre y feliz que el suyo, y ella no puede ocultar
mientras lo ve venir trotando a su encuentro esa punzada de satisfacción que
siempre sienten las madres ante el espectáculo de la vivacidad de sus hijos
pequeños. Por eso, y aunque su primera intención es reprenderle, no puede
resistirse a sus zalamerías y termina por transformar su enfado en un aluvión
de caricias.
"¿Qué culpa puede tener él -parece decirme cuando me lo
cuenta- si posee un corazón de paloma?"
Gustavo Martin Garzo


